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Vigalondo, De la Iglesia, Bisbal y la madre que parió a Twitter

4 febrero 2011

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Cuando a principios de diciembre de 2009 se produjo aquella publicitada reunión entre la ministra de Cultura Ángeles González Sinde y un grupo de personalidades del ámbito de la Red en España, tuve el convencimiento de que asistíamos a la mayoría de edad de Twitter. Aunque a la larga se ha podido ver que aquello no tuvo consecuencias efectivas sobre la tramitación de la polémica “ley Sinde”, el hecho de que los participantes tuitearan en directo lo que sucedía dentro me pareció un hecho relevante por sí sólo. Pero no. Lo más significativo estaba por llegar.

Nacho Vigalondo se despide en su blog en Elpais.com

Primero abrió el fuego Álex de la Iglesia, no tanto por convocar su propia reunión con personalidades de la Red hispana, sino por utilizar Twitter como su canal público de expresión y terminar dimitiendo, en parte, por la incapacidad para separar su cargo como presidente de la Academia de Cine de la representatividad de sí mismo. Luego llegaron las revueltas en Túnez y Egipto, donde Twitter se convertía, una vez más, en “pulsómetro” (todos los derechos reservados por la Cadena Ser) del pueblo y fuente ¿autorizada? de noticias. David Bisbal revolucionaba luego el patio con un mensaje en su perfil sobre la situación, las pirámides y el turismo caricaturizado con el hashtag #turismobisbal. Y por último, el director de cine Nacho Vigalondo caía en una espiral de descrédito y apoyo a partes iguales por experimentar con su perfil en internet que ha terminado implicando su linchamiento en medios cinematográficos, la cancelación de una campaña publicitaria multimedia para Elpais.com y el cierre de su blog en este portal. La madre que parió a Twitter…

Se ha dicho mucho sobre todo lo anterior, y en algunos casos se ha dicho muy bien. Que si la libertad de expresión, que si la reputación, que si el desconocimiento, que si la voz del pueblo, que si las nuevas formas de hacer periodismo… Para gustos, los colores, y para reflexiones, Twitter. Aquí van las mías:

  1. Twitter no es cruel; la gente es la que puede ser cruel. Da igual el medio que utilices: un insulto es un insulto aquí, en Twitter, en Facebook o en el patio del colegio. De hecho, el patio del colegio ha sido históricamente el lugar donde se han forjado buena parte de los apodos que muchos han tenido que cargar a sus espaldas. A veces, la creatividad popular genera fenómenos divertidos, como los #chucknorrisfacts; otras, sin embargo, es capaz de llevar la inocencia al linchamiento sólo por el placer de reír. David Bisbal tuvo la poca fortuna de expresar su opinión sobre lo que le parecía la imagen de las pirámides sin turistas. El comentario no sirvió para justificar por qué es cantante, pero sin duda nos permitió ver por qué no es secretario de Estado o ministro de Asuntos Exteriores. En pocos minutos, su desliz tuvo respuesta con la etiqueta #turismobisbal, que desató el ingenio de los internautas sin considerar a la persona que se halla detrás. ¿Acaso no lo habíamos hecho antes con Willy Toledo, con Arturo Pérez-Reverte o con Alejandro Sanz? ¿Por qué no lo íbamos a hacer con Bisbal? Tal vez porque ni éste había hablado en calidad de experto en relaciones internacionales, ni lo había hecho con mala intención, aunque pecara de cierta ignorancia. Pero Twitter puede ser a veces como el patio de un colegio. No es su naturaleza, es la de la gente que lo usa. Somos nosotros los que somos justos e injustos, piadosos o crueles.
  2. El medio nunca fue el mensaje. Lo anterior me lleva a algo que tengo claro desde hace mucho tiempo: lo siento, McLuhan, pero el medio no es el mensaje. El medio marca los límites del mensaje, pero el significante nunca fue el significado. Twitter no nos hace más sabios, más demócratas o más colaboradores por sí mismo, sino la actitud de las personas que lo usan. Algunos, como Zbigniew Brzezinski, pensaron hace varias décadas que la expansión de la televisión llevaría la educación, el conocimiento y la democracia a los países subdesarrollados porque, por sí sola, era un medio capaz de transmitir los valores para propiciar el cambio. No fue así, sobre todo si los contenidos los emite siempre el mismo buscando imponer su punto de vista de las cosas. De la misma manera, ni Twitter ni las redes sociales son nada por sí mismos sin el contenido que las anima ni las intenciones de los que generan el contenido.
  3. No necesito saber tu sincera opinión en cada momento. No fue la mejor película de la historia. De hecho, podríamos discutir si merece pasar al tomo B de la historia del cine, pero ¿recordáis aquel título en la filmografía de Mel Gibson titulado “En qué piensan las mujeres”? Sí, aquel en el que el personaje de Gibson sufre un accidente que le permite escuchar los verdaderos pensamientos de las mujeres. A veces tengo la sensación de que Twitter es igual. El “timeline” de algunos usuarios se parece bastante a su flujo de pensamientos. Se me ocurre y lo digo. Ya está. Lo aclararé en el siguiente tuit. Pero no es igual: lo has dicho delante de toda tu audiencia, en un medio público, algo que puede llegar a tener responsabilidades penales, igual que el que publica una calumnia en un periódico. No soy dado a dar consejos en este terreno porque no hay más normas de comportamiento en Twitter que las que dicta el sentido común, pero si de algo te sirve, ten claro que no es necesario que todos sepamos tu sincera opinión. ¿Esto va por Bisbal, por De la Iglesia y por Vigalondo? Sí y no. Si en la vida real no le dirías a tu vecina que le canta el aliento, ni a tu jefe que lleva una corbata que parece que se la han regalado en una subasta de objetos de Luis Aguilé, ¿por qué vas a hacerlo en internet? Compórtate en Twitter igual que lo harías en tu vida diaria y sé consecuente con tus palabras y tus actos.
  4. Los valores cambian. “Yo que puse toda mi ilusión / en esta violación”. Canción: “Atrapados en el ascensor”. Autor: Un Pingüino en Mi Ascensor. “Por favor, sólo quiero matarla / A punta de navaja / besándola una vez más”. Canción: “La mataré”. Autor: “Loquillo y los Trogloditas”. ¿Te suenan? Son sólo dos ejemplos de canciones que, en su momento, hicieron gracia o emocionaron, cada una por su lado, y nadie pensó que incitaran a la violencia. Hoy serían inadmisibles. Los valores cambian. Hay cosas con las que una sociedad, en un momento y en un contexto concretos, no transige y no admite bromas, y por lo que se ha podido ver, el Holocausto es una de ellas. Nacho Vigalondo probó a experimentar con ello, lanzando un mensaje provocador con una intención inocente: tuitear “diferentes versiones de un mismo gag”. La cosa no salió como esperaba. De hecho, no le dio tiempo ni a que saliera. El peso de sus seguidores, y de los que no lo eran, cayó sobre él. Tal vez no estemos aún preparados para hacer chistes con el Holocausto de por medio; tal vez por eso, películas como “Mein Führer” apenas consiguen arrancar una sonrisa, por mucho que se caricaturice a Hitler en los doblajes cómicos de la escena del bunker en “El Hundimiento”. Vigalondo topó con una resistencia moral muy fuerte a algo a lo que seguimos siendo especialmente sensibles. Pasa con la violencia contra las mujeres, con el racismo o con la discriminación por creencias políticas. Vigalondo lo experimentó de inmediato, reconoció su error, explicó por qué y en qué contexto lo hizo, y pidió disculpas. A mí me bastó, y dudo mucho que sea un negacionista. A otros no les pareció lo mismo.
  5. Censura, autocensura y twittersura. La libertad de expresión es un derecho habitualmente castigado del que, por otra parte, solemos hacer una interpretación muy laxa cuando se nos reconoce. El caso Vigalondo, sin embargo, ha sido especialmente polémico. Pese a que todo sucedió en su Twitter, las consecuencias han afectado a una campaña publicitaria y a la cancelación forzosa de su blog en Elpais.com. El medio daba así por malas las excusas del cineasta y tomaba la decisión de quitarlo de en medio, no por lo que había dicho en su portal, sino por lo que había dicho –y aclarado- fuera de él. Quiero creer que el temor a que la situación salpicara la reputación de Elpais.com, y no presiones políticas o comerciales, llevaron al medio a tomar esta drástica medida. Medida que, por otra parte, no parece casar mucho con opiniones que sostuvo en el pasado sobre lo que es “juzgar la calidad e idoneidad de la obra de un artista por lo que dice en las recepciones o en sus arrebatos de frivolidad” (sic). Pues aquí ha pasado. Vigalondo medirá más sus palabras a partir de ahora, y seguramente lamentemos esa autocensura por parte de una mente creativa. Álex de la Iglesia, que reconoció que era mejor defender sus ideas desde su papel como director y no como presidente de la Academia, seguro que también se está aguantando muchas cosas desde tomó la decisión de dimitir. Es una pena, porque creo que es alguien con un magnífico criterio. Sí, siempre debemos calibrar lo que decimos y estar dispuestos a asumir sus consecuencias, pero es triste tener que hacerlo por ciertos motivos. A unos les supone perder espacio, y a otros, como a Salvador Sostres, afianzar sus tribunas de expresión.
  6. Cada uno debe ser el “community manager” de sí mismo. Lo del “community manager” no es nuevo. Esto viene de antiguo. Los primeros responsables en conservar y mantener nuestra reputación e imagen de marca somos nosotros mismos, y esto me lleva a lo siguiente:
  7. Consejitos tengo, y yo que los vendo. Al mundo de la comunicación y las relaciones públicas le ha faltado el tiempo para volver a hablar de “caso de usuario” y “crisis de imagen” para ilustrar lo sucedido con De la Iglesia, Bisbal y Vigalondo. El que esté escribiendo esto lo demuestra. Hemos visto nuevos ejemplos para justificar por qué ciertos servicios 2.0 que ahora vendemos son más necesarios que nunca. Hemos acudido como buitres sobre la presa para hablar de los fallos de “community management” de David Bisbal, o de cómo sortear una crisis reputacional como la vivida por Vigalondo (confieso que yo mismo he pensado en lo que pasó con Arturo Pérez-Reverte). Pero todos ellos son personas, no organizaciones ni empresas, que tienen necesidades diferentes y cuyos actos repercuten de manera distinta en la sociedad. Las personas, como dije antes, deben ser consecuentes consigo mismas, pero no veo la necesidad de que deban tener un asesor que les revise los mensajes uno a uno.
  8. Twitter y el nuevo periodismo. ¿Lo dijo en Twitter? Entrecomíllalo y publícalo. Ya está. Son las nuevas declaraciones. No busques confirmación, no preguntes, no llames, no contrastes. Está en Twitter, luego es verdad. Hay noticia. No hay lugar para medias tintas ni para contextualizar. Pasa de leer los anteriores mensajes de estado, no vaya a ser que expliquen qué está pasando. Es la comodidad del nuevo periodismo, el fin de los viejos principios y el comienzo de una era que me da algo de repelús, y a Nacho Vigalondo me temo que también.

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5 comentarios

  1. Información Bitacoras.com…

    Valora en Bitacoras.com: Cuando principios de diciembre de 2009 se produjo aquella publicitada reunión entre la ministra de Cultura Ángeles González Sinde y un grupo de personalidades del ámbito de la Red en España, tuve el convencimiento de que asis…..


  2. Muy buen artículo Carlos, lo suscribo completamente.


  3. Ufff! Toda esta nueva realidad de las redes sociales, el botón de ‘Tiempo real’ en las búsquedas de Google, etc., me agotan sobremanera.
    Este tipo de cosas fomentan el que nadie se pare a pensar, la frivolidad en lo que se expresa y la sensación de estrés al saber que no das abasto con respecto a lo que se mueve por internet.
    Como decían en aquel anuncio de la bebida de coco: “Me estáis estresaaando”.
    Más le valdría a alguno aplicarse aquello de “no digo nada que luego todo se sabe”.


    • Tú tranquilo, que somos nosotros los que nos agobiamos con estas cosas. ¡Lo que pasa es que hacemos mucho ruido! ;-)



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