h1

De toros en Cataluña, prohibiciones, cultura e imagen

30 julio 2010

votar

La prohibición de las corridas de toros en Cataluña me ha hecho reflexionar acerca de este acontecimiento y de la Fiesta. Así, en mayúsculas. Le he dado vueltas a numerosos aspectos de la controversia, pero quería empezar centrándome en algo que considero importante: en qué medida la imagen del mundo de los toros y la comunicación de lo que representa han influido en lo sucedido en el Parlament. Vaya por delante que me reconozco aficionado taurino de los que va a la plaza, acumula recuerdos y ojea los doce tomos de El Cossío cada vez que puede, así que si alguien piensa que soy tendencioso, tal vez tenga toda la razón. No en vano, creo que la pasión por los toros sólo puede venir del plano emocional y no del meramente racional.

La defensa del mantenimiento de la fiesta taurina se ha visto perjudicada no sólo por la situación real de la misma en Cataluña, sino también por su asociación en general con una serie de valores que, en muchos casos, provocan diferentes niveles de rechazo en la sociedad. Vayamos por partes.

Toro de Los Espartales - Foto: Carlos Molina

Probablemente, legislar en contra de las corridas ha sido más un gesto que una necesidad social, puesto que la Monumental de Barcelona es la única plaza en activo en toda la Comunidad Autónoma y su rentabilidad en la celebración de festejos se debe más a las tres o cuatro corridas que firma anualmente José Tomás que al tirón del resto de sus carteles. Es posible que la retirada del diestro de Galapagar, cuando llegue, fuera motivo suficiente para echar el telón en el coso regentado por Pedro Balañá. Los únicos que lamentaríamos ese acontecimiento seríamos los nostálgicos de una plaza de tanta solera e importancia histórica que sin embargo, como recordaba este jueves Antonio Lorca en El País, llevaba agonizando desde finales de los 60 ante la indiferencia local, la falta de empuje de sus gestores y la escasa rentabilidad que la presencia de turistas -japoneses la mayoría- en sus tendidos podía darle.

El oportunismo político, sin duda, ha jugado sus bazas, porque no se explica de otra forma que se haya legislado contra las corridas en sí, y no contra la muerte del toro en la plaza, su castigo en la misma o, en general, los festejos taurinos. En Portugal hace tiempo que se prohibió el tercio de muerte, aunque luego se sacrifique al toro en el matadero de la plaza, e incluso hay quien ya ha organizado “corridas sin sangre” en las que las banderillas se ponen con velcro sobre el lomo del astado. Aquí no se han planteado esos extremos. Sin embargo, los populares “bous al carrer” se han mantenido a salvo del veto, e incluso los llamados “toros de las Tierras del Ebro” fueron declarados este mismo mes “Elemento Festivo Patrimonial de Interés Nacional”. Así que la catalanidad o la españolidad de unos y otros sí han jugado un papel esencial en las posiciones de defensa y condena. Estoy de acuerdo con los antitaurinos de que no se trata de una cuestión que deba caer en lo identitario, y que desde el plano político se ha jugado esta baza para manipular los sentimientos de la población. En este caso, envolver el debate en senyeras o banderas españolas no ha hecho más que facilitar el aplauso a la prohibición en Cataluña y el escándalo ante la misma en otros sectores del territorio nacional.

Lo anterior me lleva a las cuestiones de imagen. La posición de los detractores de la Fiesta ha tenido, a lo largo de los últimos años, un frente unitario en lo representativo y en lo argumental que ha sabido conectar mejor con aquellos indiferentes a los toros que los mensajes en sentido contrario. “La tortura no es arte ni cultura” se ha convertido en un eslogan que ha sabido calar en los que, ajenos a la pasión de las corridas, se planteaban motivos racionales para situarse a un lado u otro de la barrera. A ello se ha unido que algunos estereotipos en torno a los toros han calado como lluvia fina en la sociedad hasta el punto de asociarlos de forma innegable a una realidad que no siempre le da la razón, aunque muchos no lo sepan. “El público de los toros es inculto”, “se trata de un espectáculo bárbaro y arcaico”, “representa los valores más rancios de la derecha”, “es un mundo machista”, “los taurinos disfrutan con el maltrato animal”… Y aunque detrás de todo estereotipo hay un poso de realidad que sustenta el resto del armazón (por ejemplo, si hablamos de machismo), a las anteriores afirmaciones podríamos oponerle otras muchas en sentido contrario que podrían dar una imagen diferente a este mundo que, por si algunos no lo saben, lleva moviéndose entre la prohibición y la pasión de las masas desde hace siglos.

En primer lugar, la pretendida crueldad de los toros cae en el terreno de lo subjetivo del que mira. ¿El toro sufre? El sufrimiento es un terreno en el que entra en juego la capacidad de conciencia del ser vivo para analizar y somatizar esa situación a la que se le somete, y en la medida en que humanicemos al animal, le concederemos mayor o menor capacidad de sufrimiento. Lo que tengo claro es que lo que le pasa al toro en la plaza le duele. No veo sentido a entrar en historias de estudios sobre las terminaciones nerviosas del toro. Ahora bien, ¿disfruta el público con su dolor, con el derramamiento de sangre? Aunque tengo que hablar por mí, creo sinceramente que no. Yo no voy a la plaza a ver quejarse de dolor a un toro. Es más: aunque parezca contradictorio, el buen aficionado repudia a los malos profesionales que prolongan la agonía del animal con una mala estocada, o que pican tan trasero que son capaces de descordar (es decir, dejar inválido) al astado. No es algo de ahora. Las corridas actuales tienen poco que ver con las que se celebraban en la década de los 30 del siglo XVIII, cuando se considera que se llevan a cabo los primeros festejos en plaza con un formato similar al actual. Ya no se utilizan banderillas de fuego (con petardos), ni se echan perros a los toros, ni se los alancea, ni se les cortan las patas traseras con una medialuna. Tampoco se utilizan puyas de limoncillo, capaces de ensartarlos como una aceituna. Se persigue y sanciona -aunque a veces se hace la vista gorda- el afeitado de los cuernos y la administración a los toros de sustancias que mermen sus capacidades físicas. Se acota incluso la posición y el comportamiento de los toreros en la plaza para impedir, a menudo sin éxito, que saquen ventaja excesiva de la técnica. Incluso avances como el peto en los caballos fueron, como todo lo anterior, exigencias de los propios aficionados, y no imposiciones de los antitaurinos.

La supuesta incultura del público no me parece diferente a la que puede encontrarse en otros acontecimientos populares, como el fútbol, y a pesar de ello, es imposible reconocer que ha ejercido una atracción enorme sobre grandes figuras de las artes. Incluso el antitaurino más famoso del siglo pasado, Eugenio Noel, atacaba la Fiesta desde el plano cultural, y no desde el de la ética animal. El lenguaje ha bebido de la riqueza de las expresiones taurinas para incorporarlas a su vocabulario (“cambiar de tercio”, “saltársela a la torera”, “tomar el olivo”, “tener más miedo que Cagancho”, “dar la puntilla”, “lleno hasta la bandera”), y aunque en efecto, la fiesta de los toros es arcaica por hundir sus raíces en expresiones populares con siglos de antigüedad, no parece que su supuesto desfase tenga que ser una barrera para su prohibición. Las fiestas del solsticio de verano que se retoman en algunos países de Europa superan en este aspecto a los toros, y nadie les echa en cara su falta de modernidad. Y ojo, que los toros han evolucionado, y mucho. No hay más que leer Burladero.com, por ejemplo.

Me mojaré. Lo que más me duele de este debate es el punto de la tortura animal. Cuando hablo con algunos amigos sobre este aspecto, me suelen preguntar: “¿Qué te parecería que te clavaran una pica, que te pusieran banderillas? ¿Por qué no harías lo mismo con un perro pero sí puedes hacerlo con un toro?”. En ambos casos, el problema vuelve a residir en el grado de humanidad que le demos a los animales, y en los derechos que les atribuyamos, facultad que sólo tenemos los seres humanos. No soy partidario de tratar por igual a un gato que a un hombre (él, desde luego, tampoco lo haría conmigo), pero sí entiendo y acepto que el trato esté en consonancia con la valía y la utilidad del ser. Yo no veo tortura en una plaza. Lo siento, pero es así. Veo arte en la figura del torero enroscado en el toro, bajando la mano, parando el tiempo con un natural. Veo al animal más hermoso que existe desplegando todo su poderío sobre la arena, admirado por el público, arropado cuando el torero no está a su altura. Pero entiendo que, para muchas otras personas, esa emoción esté ausente y no pueda ir más allá de los hechos crudos, de la sangre y el dolor. La mayor sensibilidad de la sociedad hacia ello, unido a los estereotipos de arcaicidad y ranciedumbre con que algunos han envuelto a los toros, han ayudado no sólo a provocar la indiferencia de cada vez más gente, sino también a incitar a la toma de posición en contra de estos festejos.

La verdadera puntilla a los toros se la dará, más que la ausencia de un frente sólido que defienda la postura taurófila, la evolución de los valores de la sociedad, y no una ley. Cuando eso suceda, habrá que aceptar las cosas como son, igual que ya estaba sucediendo en Cataluña. Mientras tanto, seguiremos hablando de parecidos y diferencias entre el trato que recibe el toro y el que recibe una gallina ponedora, entre matar al toro en la plaza y degollar a un cerdo en la matanza del pueblo, entre tantas y tantas contradicciones y argumentos encendidos que suscita este debate legítimo y necesario. Yo, mientras, no podré evitar seguir emocionándome recordando tanto los buenos como los malos momentos vividos en una plaza: esa tarde del 2 de mayo de 1997 de Joselito en Las Ventas; esa presentación en Madrid de un Jesulín de Ubrique empecinado en vestir de amarillo plátano; ese picador que, en una Feria de Abril, cita al toro desde 15 metros lanzándole el castoreño y presentando el pecho del caballo; o la apoteosis de Julio Aparicio en el San Isidro de 1994 en que cortó dos orejas en una faena memorable que él nunca fue capaz de superar. Con mis disculpas, ahí va de postre.

Share/Bookmark

Anuncios

4 comentarios

  1. Información Bitacoras.com…

    Valora en Bitacoras.com: La prohibición de las corridas de toros en Cataluña me ha hecho reflexionar acerca de este acontecimiento y de la Fiesta. Así, en mayúsculas. Le he dado vueltas a numerosos aspectos de la controversia, pero quería empezar cen…..


  2. Ole, ole y ole!!! Asi se defienden los toros


    • Gracias, aunque más que una defensa, quería hacer un “entiéndeme tú a mí”. Si se aprueba democráticamente su abolición y la sociedad mayoritariamente los desaprueba, poco hay que decir; evolucionamos como personas, como cultura, como ciudadanos. Pero sí quería dejar claro que es posible emocionarse y sentir respeto hacia el toro desde una posición tan teóricamente contraria como la del aficionado.


  3. […] This post was mentioned on Twitter by Carlos Molina, Carlos Molina. Carlos Molina said: Nueva entrada (pues sí: hoy toca mojarme): "De toros en Cataluña, prohibiciones, cultura e imagen" http://ht.ly/2iHI5 […]



Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: