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El orgullo profesional del periodista

6 abril 2011

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El orgullo profesional es como un recurso literario: sólo se encuentra en las novelas y en la poesía. En la realidad, las cosas suceden de una forma muy diferente. Que se lo digan al periodista, o al fotoperiodista, sin ir más lejos. Este martes actuaba el joven cantante Justin Bieber en Madrid. Por la mañana, ofrecía la rueda de prensa de rigor, para la que estaban convocados cientos de profesionales. Como si ya formara parte de la extravagancias que todos esperan del artista, Bieber apareció con una hora de retraso ante la prensa gráfica, y sólo después de que ésta anunciara un plante. Cuando llegó, no posó ante el consabido “photocall”, y se permitió el lujo de negarse a contestar por qué no soporta a los fotógrafos.

Si ésa es su actitud, lo lógico sería que su entorno no organizara ni rueda de prensa ni photocall. Pero no es así porque a todos les interesa el papel de los medios como fuente de publicidad, incluido al propio Bieber; aunque le debe mucho a Youtube, no sería un fenómeno internacional de no ser por el altavoz que le prestaron los periodistas de todo el mundo hablando del joven fenómeno. No hay más que comprobar, con una simple búsqueda en Google, que ni el plante fotográfico de ayer ni la arrogante rueda de prensa han hecho desaparecer al cantante de las ediciones de hoy. Los profesionales se quejaron, perdieron toda la mañana… pero volvieron a la redacción con el material que les encargaron, aunque les pesara hacerlo.

El periodismo está aprendiendo a tragar con lo que le echen, y eso es un signo de los tiempos. Hay páginas que llenar, minutos que cubrir, tráfico online que canalizar y pocos argumentos que valgan para negarse a seguir los dictados de ciertos actores informativos. Si el protagonista de la noticia nos desprecia, el pataleo se convierte en parte de la información como acto de protesta, pero poco más. La foto, que es lo que persiguen los asesores, estará presente en todas partes.

A veces, el protagonista no parece querer molestar al plumilla, pero ofende al ciudadano (sí, el periodista también es un ciudadano). Un ejemplo reciente fue la rueda de prensa en la que se presentó en Madrid la película “Potiche”. Catherine Deneuve no dudó en fumarse un cigarrillo y mostrar su indiferencia ante la legislación nacional que prohíbe semejante comportamiento en espacios públicos cerrados. Mostró ante las cámaras su faceta de “mujer fatal” y ofreció el punto de pimienta que sigue esperándose de ella. Nadie se lo recriminó, nadie lo denunció y nadie dejó de darle la cobertura mediática que quería. En Uruguay, el cantante Joaquín Sabina quiso hacer lo propio –vamos, que se fumó también su cigarrito en una rueda de prensa- y las autoridades locales estudian imponer una fuerte multa al hotel Sheraton donde se celebró la convocatoria.

El orgullo no sólo padece con artistas y divas de la escena. También lo hace con los políticos. Estos, lejos de la floritura con la que declamaban otros predecesores, no sólo dan muestras diarias de su incompetencia verbal, sino que también se permiten el lujo de marcar los tiempos y las formas. Así, tenemos las declaraciones institucionales que no admiten réplica, las ruedas de prensa sin preguntas (¿no bastaría con mandar un comunicado?), los videocomunicados con declaraciones que responden a sus propias preguntas e incluso las convocatorias en las que unos medios pueden formular cuestiones y otros no, sin que ello genere reacción alguna por parte de otros compañeros. El efecto, en todos los casos, es el mismo: controlar al máximo lo que se dice, cuándo se dice y cómo se dice. Y si algo se sale del guión, recurrimos al socorrido “eso se ha sacado de contexto”. Solucionado.

Cuando las preguntas fluyen con libertad, el que contesta siempre tiene la ocasión de afear al periodista la forma de realizar su trabajo. Lo vemos día sí y día también en el terreno deportivo. Y como desde que tenemos buscadores online las hemerotecas ya no se consultan, si José Mourinho, el entrenador del Real Madrid, dice que nunca tuvo roces con el técnico del Sporting de Gijón, Manolo Preciado, pues lo dejamos tal cual sin que nadie le reproche que, como mínimo, vive en una realidad paralela. Si la que se montó en septiembre de 2010 cuando insinuó que el Sporting había regalado el partido que le enfrentó al Barcelona en el Camp Nou no fue una situación polémica, qué pasará el día en que sí lo sea.

Quizás añoramos lo que nunca sucedió. Quizás habría que ser inflexibles al aplicar criterios periodísticos para no dejar pasar ni una de las situaciones anteriores, y quizás debería de contarse con más apoyo de los cuadros superiores para poder hacerlo. Quizás la crisis de la industria periodística lleva a que no haya ocasión para recordar quién pregunta y quién responde. Quizás no debamos molestarnos por las ruedas de prensa sin preguntas cuando en muchos casos son los periodistas los que no quieren preguntar. Quizás los participantes en el juego de los medios cambian y la competencia provoca situaciones embarazosas, como los aplausos que a veces se escuchan en las presentaciones de prensa, como si asistiéramos a una función de teatro. Quizás el orgullo está sobrevalorado y sólo nos queda cumplir con nuestro trabajo y esperar la nómina a final de mes, que la cosa está muy mala.

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One comment

  1. Información Bitacoras.com…

    Valora en Bitacoras.com: El orgullo profesional es como un recurso literario: sólo se encuentra en las novelas y en la poesía. En la realidad, las cosas suceden de una forma muy diferente. Que se lo digan al periodista, o al fotoperiodista, sin ir má…..



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