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El delito periodístico de ser testigo de Jehová

6 septiembre 2014

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Imagina que abres las páginas del periódico y te encuentras con un titular como éste: “Imputado un directivo de banca católico por blanqueo de dinero”. Imagina que, además, en la noticia no se dé ninguna explicación de qué papel juega la religión en el delito con el que se le relaciona. Chocante, ¿no? Afortunadamente, no es un titular auténtico. Este otro sí lo fue: “Localizado en Málaga el niño raptado del hospital por sus padres”. Nada raro, pero atentos al subtítulo: “Los padres, testigos de Jehová, fueron arrestados en Vélez Málaga”. Y en la noticia, publicada en ABC el pasado 31 de agosto, no hay ni una sola mención a qué papel juega la creencia de los detenidos en este asunto. Debe de ser que ser seguidor de esta creencia es lo que explica una actividad ilícita, ¿o no?

Ashya King y su madre, en una foto en ABC

Noticia en ABC el pasado 31 de agosto. Atención a la entradilla

La historia ya la conocemos. Un matrimonio británico se lleva de un hospital de Southampton a su hijo de 5 años, en tratamiento por un tumor cerebral, sin el consentimiento de los médicos. Su intención es someterlo en la República Checa a un tratamiento distinto al que se le iba a dar en su país. Tras la orden de busca y captura de Interpol, se encuentra a la familia en España, se detiene a los padres (posteriormente puestos en libertad) y se ingresa al pequeño en un hospital de Málaga. Todos los medios nacionales informaron con detalle de los hechos, y la gran mayoría no olvidó poner la coletilla “testigos de Jehová” a los padres. Pocos, muy pocos periodistas optaron por no hacerlo o, en todo caso, por justificar qué tenía que ver la religión en este asunto. Read the rest of this entry ?

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El medio no debería ser el mensaje

10 marzo 2010

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Siempre he pensado que Marshall McLuhan estaba muy equivocado. Todos los que hemos estudiado Comunicación, y buena parte de los que no, conocemos su popular afirmación “el medio es el mensaje”, que resume su fascinación por la evolución de los soportes culturales y la preponderancia que les daba sobre la propia información. A McLuhan, claro está, hay que entenderlo en el contexto de los años 60, donde revolucionó el mundo académico con su visión de los formatos electrónicos ante un público abierto y comprensivo a las teorías de la manipulación mediática (“el medio es el masaje”, se diría después).

Cuando antes decía que siempre he pensado en lo erróneo de McLuhan me refería a que nunca he considerado acertado pensar que es el soporte el que define el contenido hasta el punto de ser la información. ¿Es más relevante la información transmitida por un medio online que la que se puede encontrar en un medio en papel? ¿Da mayor credibilidad el soporte digital? ¿Es cierto que al lector le importa más el contexto que el contenido? En mi opinión, no. Otra cosa es que, ante las necesidades y las circunstancias concretas de los públicos en un momento dado (como el que vivimos), sea más adecuada y conveniente la transición a nuevos formatos que nos permiten ampliar las posibilidades en torno a la información e incorporar una posibilidad tan diferente, creativa y constructiva como la interactividad y el diálogo con los lectores. Estos pasan de ser receptores pasivos a actores que valoran y complementan la información, y eso tiene que ser bueno por fuerza.

Este desfase teórico tiene su motivo. El periodismo vive uno de los momentos más complejos, apasionantes y dramáticos de su historia. En los últimos meses, hemos asistido al cierre de numerosos medios, al despido de miles de profesionales (buena parte de los cuales, aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid y que un ERE abarata los costes, eran profesionales veteranos… y más “caros” de mantener) y a la redefinición de modelos de negocio. Internet se vio como la amenaza primero, la causante de las desgracias después, y la solución posterior.

Dejando a un lado el debate sobre si hay que cobrar o no por los contenidos, me interesa el hecho de que los grandes grupos editoriales se hayan arremangado para jugar, con toda la decisión de la que son capaces ahora, la baza del mundo digital. El Mundo acaba de presentar Orbyt, su apuesta por los contenidos de pago en internet; El País y ABC se lanzan a fusionar, de alguna manera, sus respectivas redacciones en papel con las digitales; surgen nuevos medios en la Red, desligados de cualquier otra iniciativa previa sobre soportes clásicos… Pero hay algo que me falta.

Entre tanta interactividad, contenidos multimedia, integración con redes sociales, comunidades online, contenidos generados por los usuarios, periodismo ciudadano, agregación de noticias, blogs y valoración de contenidos, me falta escuchar que lo primero que tiene que dar sentido a todo es la calidad y la relevancia de la información. Sin buenos profesionales del periodismo que sostengan este gran armazón técnico, los medios se quedarán en un gran castillo de fuegos artificiales en el que importa más la apariencia estética que las historias que se cuenten. En medio de este escenario, corremos el riesgo -realidad en muchos casos- de que el periodista tenga que convertirse en un “profesional-para-todo” que tiene que controlar HTML, edición de vídeo y retoque fotográfico antes que saber informar y plasmar por escrito, en audio o en imágenes el fruto de su trabajo. Luego nos quejaremos de que leemos en todos los medios la misma información, de que el valor añadido sólo reside en si podemos o no enviar por Twitter un titular, y de que nadie está dispuesto a pagar por lo mismo a lo que puede acceder en abierto en otro medio. Natural. Yo creía que McLuhan estaba equivocado, pero lo veo reflejado en muchos proyectos. A ver si va a resultar que el bobo soy yo…

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